BREVE HISTORIA DE LA ALIMENTACIÓN

La alimentación es nuestra energía, nuestra fuente de Vida, lo que nos permite recargar nuestras fuerzas, nuestra manera de mantenernos vivos. Es vital, imprescindible.La electricidad de la luz, la pila de la linterna o la gasolina de un coche.

Durante cuatro millones de años nos alimentamos en base a la cultura atávica, comíamos de lo que daba el entorno, de lo que la Naturaleza nos ofrecía. El Hombre mantenía un contacto directo con su fuente de alimentación, es decir la mayoría de la población dedicaba su vida a producir, cultivar y cuidar su fuente de vida. Todo tenía sentido, existía un sutil equilibrio, una fuerte reciprocidad. El Hombre recibía de la Tierra sus preciados dones y a cambio le ofrecía su dedicación y esfuerzo. Un intercambio perfecto de energías. Pero todo esto cambió, y con el paso de los años el Hombre se fue alejando del contacto con la Tierra, y por lo tanto del contacto con su fuente de energía.  Con el tiempo fue faltando tiempo -notable contrariedad- y nos sumergimos en un enorme espiral de actividad frenética, en la que preparar un plato de comida y sentarse a comer ya era todo  un reto al reloj, menos tiempo había para sembrar y mimar el alimento en sí. Dejamos el control de nuestra alimentación a la industria, en una inconsciente entrega de poder, pusimos en manos ajenas e interesadas, nuestra fuente de Vida. Esta entrega, fruto de la confianza ciega en el progreso y en la inevitable especialización de todos los aspectos que este conlleva, fue generalizada en muchas esferas de nuestra sociedad liberal, la cual en nombre de la libertad cortó nuestras alas por prevención, un pájaro sin alas no anhela volar .
La sabiduría de las recetas de nuestros ancestros, que tanto tiempo nos alimentaron,  no pudieron ser industrializadas, así que  nuestra dieta sufrió un cambio radical para adaptarse a las nuevas posibilidades de la industria. Nuestra manera de alimentarnos se amoldó al juego de oferta-demanda del mercado y el “american way of life” se instaló en nuestras cocinas. Nuevos alimentos con seductores envases y miles de nuevos ingredientes que nunca antes habíamos consumido, nos prometieron una alimentación en tiempo record y nos ofrecieron un nuevo espacio donde gestionar los intercambios: el supermercado, el cual también agilizaba el trámite al agrupar todo lo que necesitábamos y más en un  solo espacio. Todo un espectáculo de la abundancia, como una antigua corte francesa. Lo que antes era privilegio de pocos, se convirtió en fortuna de muchos, y nadie paró a sacar cuentas de la sobreexplotación de recursos que este sistema representaba, del coste de tal festín. De hecho, seguimos con la fiesta, disfrutando de un mundo de infinitas posibilidades, eso si, en apariencia, pues tienen más cosas en común que diferencias: conservantes, potenciadores de sabor, aditivos, edulcorantes, nitratos, antibióticos..todo un cocktail de químicos que nos fue justificado y impuesto ante la necesidad del uso de nuevas tecnologías y fórmulas, que pudieran abastecer a una población humana que duplicaba el número de almas que nunca antes habían paseado por esta Tierra contemporáneamente.
Entonces, ¿como es posible que haya gente pasando hambre? ¿Porque no se alimenta a todas las almas en lugar de fabricar un nuevo sabor de  helado o  un plato congelado que requiere un minuto menos de preparación?
¿Como es posible que  tal avance tecnológico-científico del que nos jactamos, no se traduzca en que toda la población mundial pueda tener acceso a algo tan básico como la comida?
¿A que queremos dedicar nuestra inteligencia humana? ¿A crear cada vez más falsas variedades de sabores, texturas, olores…. de la misma cosa sintética, o a promover una verdadera alimentación que asegurare el sustento a todos los seres del planeta?
Ya no se trata de solidaridad, se trata de que tenemos a la mayor parte de la población mundial preocupada por su peso: unos se privan de comer atrapados en cánones estéticos imposibles y a otros se les priva de comer para poder mantener toda esta cosmovisión en la que los caprichos de unos, pasan por delante de las necesidades de otros. Una visión del planeta en la que mil millones de obesos conviven con mil millones de famélicos. O lo que es lo mismo, un mundo profundamente dividido por un muro. Un muro invisible, o más que invisible, desviado del foco de atención de la población, un muro que separa los que buscan desesperadamente algo que llevarse a la boca, de los que tiran la comida que ha sobrado; a los que “viven”-adormecidos- pero viven, de los que sobreviven; a los que dejan una huella ecológica cada vez más visible de los que no tienen nada más que dejar que su recuerdo.
El sistema alimenticio actual no hace bien a nadie, ni a los que tienen las estanterías llenas ni a los que tienen el plato vacío. Cambiar nuestra forma de alimentación, nuestra dieta, nuestra manera de concebir la comida, teniendo en cuenta las responsabilidad global que esto representa, es fundamental. Conocer que consumimos y preguntarnos realmente que implica ese consumo es vital para empezar a caminar hacia un mundo mejor.
Pequeños cambios en nuestra rutina diaria pueden ser grandes logros para la recuperación de la soberanía alimentaria del mañana. Huertos urbanos, consumo responsable y consciente, intentar sacar tiempo para cocinar y comer, ya que al fin y al cabo es lo único verdaderamente importante y esencial que el Hombre tiene que realizar en un día, son pequeños actos que nos pueden conducir a otra concepción de la comida tan necesaria, no como algo que se debe hacer para ir tirando, sino como un acto sagrado, en el que lo que estamos haciendo es decir si a la Vida.
Comiendo afirmamos nuestra presencia en esta Vida, queremos seguir viviendo y para ello debemos recargar nuestras energías. Las podemos recargar con energías naturales, o con energías químicas, esta es nuestra elección y esta elección, puede marcar la diferencia.
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